En una época en la que parece obligatorio usar imágenes en vinilo impreso en cada pared, pantallas táctiles, realidad aumentada y experiencias inmersivas en cualquier edificio con más de cincuenta años de historia, resulta reconfortante comprobar que todavía existen proyectos capaces de encontrar un difícil equilibrio entre innovación y autenticidad. La cervecería Timmermans, una de las grandes referencias de la Lambic belga, acaba de demostrar que no siempre hace falta convertir el patrimonio industrial en un parque temático para atraer visitantes.
La histórica fábrica de Itterbeek, en el Brabante Flamenco, a pocos minutos del centro de Bruselas, acaba de inaugurar el Lambicus Experience Centre, un espacio concebido para explicar al gran público la historia de uno de los estilos cerveceros más fascinantes del mundo. El proyecto, con una inversión cercana a los 3,5 millones de euros, supone un paso importante para una cervecería que lleva elaborando Lambic desde 1702 y que ha sabido sobrevivir a guerras, revoluciones industriales, crisis económicas y modas cerveceras de toda clase.
Según los promotores, el objetivo no consistía únicamente en rehabilitar una antigua granja-cervecería, sino en devolverle el aspecto que habría tenido siglos atrás. Para conseguirlo fue necesario realizar una exhaustiva investigación documental, consultar archivos históricos y recuperar los colores y acabados originales del edificio. Un trabajo mucho menos espectacular que instalar una pantalla gigante, pero infinitamente más útil cuando lo que se pretende es conservar la identidad del lugar.
Una visita imprescindible para cualquier amante de la Lambic
Jonathan Martin, director comercial del grupo propietario de la cervecería, explicó durante la última edición del Toer de Geuze que la restauración fue un proceso minucioso cuyo principal objetivo era respetar la historia del edificio. No se trataba de construir un decorado con apariencia antigua, sino de recuperar un espacio auténtico que siguiera transmitiendo el carácter de una de las cervecerías más veteranas de Bélgica.
El resultado es un centro de visitantes pensado para públicos muy diferentes. Quienes prefieran una experiencia más completa podrán recorrer las instalaciones mediante visitas guiadas para grupos. Los visitantes individuales, por su parte, dispondrán de un recorrido interactivo de aproximadamente una hora utilizando una aplicación disponible en seis idiomas. Un planteamiento que permite atender tanto al turista ocasional como al aficionado dispuesto a profundizar en los secretos de la Lambic.
En este blog sabemos que explicar qué es una Lambic sigue siendo uno de los mayores desafíos para cualquier divulgador cervecero. Mientras la mayoría de las cervezas recurren a levaduras cuidadosamente seleccionadas, la Lambic continúa dependiendo de la fermentación espontánea. El mosto caliente se enfría durante la noche en grandes recipientes abiertos conocidos como koelschip, las piscinas de enfriamiento de cobre donde entra en contacto con las levaduras y bacterias presentes de forma natural en el aire del valle del Senne y de la región del Pajottenland.
A partir de ahí comienza un proceso de fermentación y maduración que puede prolongarse durante varios años y que da lugar a algunas de las cervezas más complejas del mundo.
Aunque muchos lo han intentado, la combinación de microorganismos, condiciones ambientales y tradición acumulada durante generaciones convierte a la Lambic en un producto profundamente ligado a su territorio. Precisamente por ello, el nuevo centro dedica buena parte de su recorrido a contextualizar el proceso de elaboración dentro de la historia de la propia cervecería.
¿Cómo es una fábrica de Lambic por dentro?
Uno de los aspectos más interesantes del Lambicus Experience Centre es la posibilidad de recorrer las distintas fases de la producción, desde la sala de cocción hasta el emblemático koelschip, antes de adentrarse en la zona donde reposan las grandes barricas de madera en las que la Lambic envejece durante años. Eso sí, quienes esperen contemplar una jornada completa de elaboración deberán planificar bien su visita, ya que la Lambic solo se produce durante los meses fríos del año, cuando las bajas temperaturas permiten controlar la fermentación espontánea. Y como todos sabemos, el cambio climático ha reducido ese período.
Nada más entrar, el visitante encuentra un nuevo bar dedicado a las distintas referencias elaboradas por Timmermans, un espacio que refleja la evolución de una casa que ha sabido combinar tradición y creatividad sin renunciar a su identidad. Desde las clásicas Oude Gueuze hasta propuestas más contemporáneas como la Kriek Black Pepper, la Framboise Hibiscus, la Pêche Cardamome o la exitosa Lambicus Blanche. Aquí también podremos probar una de las curiosidades más llamativas de la cervecería.
El John Martin Group es uno de los distribuidores de Guinness más antiguos del mundo y simboliza la estrecha relación cervecera que desde hace décadas une a las islas y Bélgica. No resulta extraño, por tanto, que ambas culturas hayan acabado encontrándose en una sorprendente elaboración que combina Oude Kriek con la célebre Stout irlandesa. El resultado es una cerveza que demuestra hasta qué punto el Lambic sigue ofreciendo posibilidades inesperadas incluso después de varios siglos de historia.
Mención aparte merece la creación de un amplio patio interior cubierto donde se organizan degustaciones y actividades relacionadas con la cultura de la Lambic. La intención, según la propia cervecería, es convertir el complejo en un lugar de encuentro abierto tanto a aficionados como a visitantes ocasionales, reforzando el papel de la Lambic como parte esencial del patrimonio belga.
Las diversas piezas históricas seleccionadas para ilustrar la evolución tecnológica de la fábrica que aparecen a lo largo del recorrido forman parte de ese patrimonio salvado de la desaparición. Entre ellas destacan un molino triturador de grano del siglo XIX y un antiguo depósito de enfriamiento instalado en 1934. No son objetos acumulados en vitrinas para impresionar al visitante, sino herramientas que ayudan a comprender cómo ha evolucionado la producción durante más de tres siglos.
Una clara apuesta por conservar el patrimonio cervecero
Durante la inauguración, Anthony Martin —el visionario cervecero que salvó esta fábrica de la desaparición en la década de 1990— insistió que el Lambicus Experience Centre no pretende convertirse en un museo convencional: «La intención es ofrecer una experiencia viva y accesible que permita descubrir la historia de la Lambic sin caer en un discurso excesivamente académico». Una filosofía que se aprecia en la remodelación del conjunto de la cervecería y en pequeños detalles.
Por ejemplo, en uno de los campos situados tras la fábrica se plantó un rizoma de lúpulo como gesto que representa la voluntad de incorporar una mayor proporción de variedades locales en futuras elaboraciones. Una iniciativa cargada de significado para una industria que cada vez presta más atención al origen de sus materias primas y a la sostenibilidad de sus procesos productivos.
El grupo John Martin ya había demostrado anteriormente su interés por recuperar espacios históricos vinculados a la cerveza. Su restauración de la granja de Mont-Saint-Jean, en Waterloo, transformó el antiguo hospital militar británico del campo de la batalla que sentenció a Napoléon en un complejo que integra museo, microdestilería y microcervecería. Hoy recibe alrededor de 100.000 visitantes anuales y se ha convertido en uno de los grandes ejemplos europeos de reutilización del patrimonio histórico ligado a la gastronomía.
Las previsiones para el Lambicus Experience Centre son más ajustadas, al menos durante sus primeros años. La empresa espera alcanzar aproximadamente la mitad de esa cifra, unos 50.000 visitantes anuales, un objetivo perfectamente razonable para un proyecto especializado y alejado de los grandes circuitos turísticos de Bruselas o Brujas. Si lo consigue, la familia Martin habrá demostrado que el interés por la Lambic va mucho más allá del reducido círculo de aficionados que conocen la diferencia entre una Gueuze, una Kriek o una Faro.
Y es que en tiempos en los que tantas fábricas históricas terminan convertidas en oficinas, apartamentos o centros comerciales, resulta agradable comprobar que algunas siguen haciendo exactamente aquello para lo que fueron construidas: elaborar cerveza.
Que una fábrica siga haciendo en 2026 exactamente lo mismo que hacía en 1702, es una anomalía magnífica en un mundo donde todo se estandariza. En Amantes Cerveceros llevamos años recorriendo ese territorio: los productores del Pajottenland que resistieron cuando nadie quería Gueuze, las botellas concretas por las que empezar si la Lambic todavía te intimida y el patrimonio industrial que Bélgica ha sabido rescatar del derribo. Si estás pensando en un viaje cervecero o simplemente quieres entender por qué esta cerveza no se puede hacer en cualquier parte, estás en el lugar correcto. ¡Sigue leyendo!