«La cerveza que envenena la fe» o «el brindis que divide a la Iglesia inglesa» son solo dos titulares que han podido leerse con motivo de la colaboración entre la catedral de York y una cervecera local para conmemorar el martirio de san Guillermo. La polémica desatada enfrenta tradición, moral y sentido común, porque, al parecer, hay quien cree que una pinta de cerveza puede hacer más daño que ocho siglos de historia.
Y es que hay debates que parecen concebidos por un redactor de la prensa más amarilla de las islas. Uno imagina una reunión de emergencia en la catedral de York con los canónigos preocupados porque una cerveza conmemorativa amenaza la supervivencia del cristianismo en Inglaterra. No una crisis de vocaciones, ni la secularización, ni la pérdida de fieles. Una cerveza. Y, sin embargo, eso es exactamente lo que ha ocurrido.
La controversia estalló cuando la histórica York Minster decidió colaborar con la cervecera Brew York para elaborar ‘Poisoned Chalice’ (Cáliz Envenenado), una cerveza creada para conmemorar el 800 aniversario de la canonización de san Guillermo de York, patrón de la ciudad. El nombre hace referencia a la tradición según la cual el arzobispo murió tras beber de un cáliz envenenado mientras celebraba misa, un episodio que forma parte del imaginario medieval que rodea su figura.
Lo que pretendía ser una forma original de acercar la historia del santo a un público más amplio terminó convirtiéndose en un inesperado campo de batalla cultural. El antiguo capellán de Isabel II, Gavin Ashenden, hoy convertido al catolicismo, calificó a la catedral como una «institución enferma» por asociarse con una bebida con alcohol.
En declaraciones al Daily Telegraph, sostuvo que el alcohol constituye una droga y que resulta irresponsable que una institución religiosa lo promocione en una sociedad donde las adicciones representan un problema creciente. La crítica no tardó en recibir respuesta. Y no precisamente tibia.
Acercar el patrimonio histórico a las nuevas generaciones con una Bitter
Lejos de dejarse amilanar por tan egregia personalidad, el deán de York, Dom Barrington, rechazó con contundencia la idea de que la catedral estuviera traicionando sus principios. Recordó que miles de personas habían participado en las últimas celebraciones de Semana Santa y calificó de ofensiva la insinuación de que el lanzamiento de una cerveza pudiera poner en peligro una institución que lleva casi ocho siglos contemplando guerras, epidemias, incendios, reformas religiosas, bombardeos y toda clase de convulsiones históricas. Comparado con eso, una Bitter conmemorativa parece un enemigo bastante modesto.
Barrington defendió además que la colaboración con Brew York persigue un objetivo divulgativo: «La cerveza constituye únicamente una pequeña parte del programa organizado para recordar a san Guillermo y permite conectar con personas que quizá nunca se habrían interesado por la historia del patrón de la ciudad». En su opinión, las dos instituciones comparten valores relacionados con la comunidad, la identidad local y el deseo de acercar el patrimonio histórico a las nuevas generaciones.
La cervecera no dejó desamparado a Dom Barrington y Wayne Smith, cofundador y director de Brew York, subrayó que únicamente colaboran con organizaciones cuyos valores consideran compatibles con los suyos y recordó que la empresa promueve el consumo responsable, incorporando incluso la información del programa Drinkaware en el etiquetado de sus productos. «Para Brew York, participar en este proyecto constituye un privilegio y una oportunidad para ayudar a difundir la historia de uno de los personajes más importantes de la ciudad», comentó Smith.
Pero, más allá del cruce de declaraciones, la polémica invita a una pregunta mucho más interesante: ¿realmente existe una contradicción entre la Iglesia y la cerveza?
Iglesias que organizan festivales cerveceros
Durante siglos, los monasterios europeos no solo elaboraron cerveza, sino que perfeccionaron muchas de las técnicas que aún hoy siguen empleándose. En buena parte del continente la cerveza no solo formaba parte de la economía monástica sino también de la vida diaria. Los monjes no la consideraban un vicio, sino un alimento, una fuente de ingresos y un elemento de hospitalidad.
Todos sabemos que las respetadas cervezas Trapenses están en la cúspide de la pirámide, pero la realidad es que únicamente son la manifestación más conocida de una tradición mucho más extensa. Monasterios benedictinos, cistercienses y agustinos elaboraron cerveza durante generaciones. Incluso la propia Inglaterra medieval estuvo llena de abadías que fabricaban cerveza tanto para consumo interno como para abastecer a peregrinos y viajeros.
Resulta llamativo que precisamente en un país con semejante herencia se plantee ahora que una cerveza pueda resultar incompatible con la actividad religiosa. De hecho, basta observar lo que ocurre actualmente en numerosas parroquias inglesas para comprobar que la convivencia entre iglesia y cerveza goza de una salud excelente.
Los festivales cerveceros celebrados dentro de templos se han convertido en una tradición consolidada. Iglesias anglicanas de todo el país organizan cada año eventos en los que decenas de cerveceras locales presentan sus elaboraciones mientras los asistentes disfrutan de música en directo, gastronomía y actividades comunitarias. Lejos de interpretarse como una banalización del espacio sagrado, estos encuentros sirven para recaudar fondos destinados al mantenimiento del patrimonio histórico y a diferentes proyectos sociales.
Hull Minster, por ejemplo, celebra anualmente uno de estos festivales con la participación de catorce cerveceras. Los responsables de este templo de la ciudad de Kingston upon Hull, en Yorkshire reconocen abiertamente que constituye una de las principales fuentes de financiación para mantener abierta la iglesia durante todo el año. Sin esos ingresos, conservar un edificio histórico de semejantes dimensiones resultaría mucho más complicado.
Algo parecido sucede con el festival ‘Booze in the Pews’, celebrado en la iglesia de All Saints de St Ives, en Cambridgeshire. Allí conviven Real Ale, sidras y comida casera en un ambiente pensado para toda la familia. El dinero recaudado se destina tanto a proyectos comunitarios como al mantenimiento del propio edificio, incluyendo mejoras en las instalaciones y apoyo al banco de alimentos local.
En Liverpool, la histórica Christ Church lleva una década organizando festivales cerveceros con un planteamiento similar. Sus responsables explican que abrir el recinto a conciertos, encuentros gastronómicos y festivales permite tender puentes con personas que normalmente no cruzarían las puertas de una iglesia. Además, recuerdan que, tal como les sucede a sus colegas, las subvenciones públicas o eclesiásticas apenas cubren una pequeña parte de las necesidades económicas.
Una pinta puede acompañar a una buena conversación sobre la fe
Quizá uno de los defensores más interesantes de esta visión sea el reverendo Geoff Mumford, un sacerdote anglicano que bendice las cervezas del festival organizado por CAMRA en York y promueve encuentros denominados ‘Pints in the Pews’. Para él, la cerveza constituye simplemente un punto de partida para conversar sobre la fe. Nadie obliga a nadie a beber, del mismo modo que nadie acude a una iglesia esperando que una pinta sustituya a un sermón. «La bebida es un vehículo para el encuentro, no el mensaje», sostiene Mumford.
En realidad, el debate va mucho más allá y pone de manifiesto las dificultades de numerosas instituciones religiosas europeas para seguir siendo relevantes en sociedades cada vez más secularizadas.
Mientras algunos consideran que cualquier aproximación a la cultura popular supone una pérdida de identidad, otros creen que encerrarse en sí mismos solo acelera la desconexión con la sociedad. Entre ambos extremos existe un amplio espacio para iniciativas que respeten tanto el patrimonio religioso como las sensibilidades contemporáneas.
La colaboración entre York Minster y Brew York parece situarse justamente en ese punto intermedio. No convierte la liturgia en el espectáculo que le gustaría a la prensa amarilla ni sustituye la religión por el marketing. Utiliza un producto profundamente arraigado en la cultura británica para despertar curiosidad por una figura histórica prácticamente desconocida para buena parte de la población.
Quizá el mayor mérito de ‘Poisoned Chalice’ sea precisamente haber conseguido que miles de personas hablen de san Guillermo ochocientos años después de su muerte. Difícilmente puede decirse lo mismo de muchas campañas institucionales mucho más costosas.
Si te interesa la cerveza como fenómeno cultural y no solo como bebida, en el blog te esperan la historia, los estilos y las polémicas que la acompañan desde hace ochocientos años. ¡Coge tu cerveza favorita y sigue leyendo!