Cervecerías con globo aerostático

La prensa belga se hacía eco en 2019 de la proeza de Geert Peirsman y Philippe De Cock en el marco de la Coupe Aéronautique Gordon Bennett. La pareja había volado 90 horas seguidas desde Francia hasta Bulgaria a bordo de un globo aerostático, batiendo el récord belga de esta especialidad.

Hasta aquí la historia podría pasar perfectamente desapercibida para el aficionado a la cerveza, pero si profundizamos un poco en el apellido de uno de los protagonistas veremos que existe una relación muy estrecha. Philippe es responsable de una de las “nuevas” fábricas belgas.

Aunque los orígenes de la Cervecería Kerel se remontan a 1867, la nueva etapa a cargo de De Cock comenzó en 2015, cuando la familia, viendo que las aventuras aeronáuticas paternas no prometían una estabilidad económica, decidió que quizás en el pasado cervecero encontrasen un futuro. La apuesta no fue mal y Philippe puede seguir manteniendo su pasión por el vuelo. Además, ahora incluso presume de pertenecer al selecto grupo de cerveceros que cuenta en el patio trasero con un globo aerostático propio que utiliza para promocionar su fábrica.

Esto, que podía verse como una excentricidad de un pequeño productor con un presupuesto de marketing contenido, es mucho más habitual de lo que se cree en la industria cervecera. Desde la década de 1950 y hasta principios de este siglo, muchas fábricas utilizaron los globos aerostáticos como elemento publicitario.

Es innegable que la imagen de decenas de estos colosos de colores en los cielos con los emblemas de las cerveceras —algunos incluso con formas de jarras o latas— era impactante y despertó interés en lugares con una orografía adecuada. El caso alemán llegó a rozar lo esperpéntico y la Deutsche Meisterschaft Heißluftballon, más que un evento de vuelo deportivo, casi se convirtió en una competición del poderío de las cervecerías germanas, con casos de fichajes de tripulaciones y copias de diseños tan poco limpios como los que se producen en la Fórmula 1. Más flemáticos, los fabricantes británicos prefirieron quedarse en las islas y destinar sus naves a placenteras excursiones regadas con Ale por la campiña o a sobrevolar los campos de lúpulo en festivales como el Faversham Hop Festival, que cada septiembre –coincidiendo con la cosecha– se celebra en Kent.

En Estados Unidos, los dirigibles cerveceros fueron tan omnipresentes en los eventos deportivos de los setenta y ochenta que incluso la imaginaria cerveza Duff de la serie de animación Los Simpson cuenta con su propio aparato sobre las gradas del estadio de Los Isótopos de Springfield.

No es nueva la pasión del humano por surcar los aires en ingenios voladores. Julio Verne la reflejó en obras como “Cinco semanas en globo”, “La isla misteriosa” o “Robur el conquistador”. En Estados Unidos, Edgar Allan Poe incluso llevó a un tal Hans Pfaall a la Luna en globo. Lo hicieron mucho antes de que los hermanos Wright tuviesen éxito con un aparato más pesado que el aire y aún con la fiabilidad de la aviación, los globos siguieron acompañándonos.

Más allá de la literatura, en la práctica, el primer diseño de globo aerostático se lo debemos a los hermanos Joseph y Jacques Montgolfier. Era el 1782 y transcurriría un año hasta que aquella idea que se les ocurrió delante del fuego -y que aprovecharía la interacción entre fuego y aire, explicada por el principio de Arquímedes- cristalizase en un memorable primer vuelo, en junio de 1783, con un globo aerostático de diez metros de diámetro en un mercado francés. En septiembre de ese mismo año repetirían hazaña en un contexto y público más privilegiado: Versalles y la corte francesa, con Luis XVI y María Antonieta a la cabeza, presenciaron tal momento. Lo cierto es que aquella primera idea y dibujo rústico se ha ido perfeccionando a base de aligerar materiales y de mejorar combustibles, pero la esencia sigue intacta.

Puede que algunas cerveceras hayan optado por otras formas de promoción menos voluminosas, pero otras siguen confiando en un formato que como inversión únicamente requiere tela ligera, una cesta de mimbre, una bombona de gas con quemador y un remolque. En ese grupo se encuentra precisamente otra cervecera belga algo mayor que la mencionada Kerl.

Sabedora del indiscutible atractivo que tienen los tejados de su ciudad, De Halve Maan ofrece desde hace poco vuelos promocionales sobre Brujas a bordo de un globo propio. En una especie de broma privada, el artefacto ha sido creado para la Brugse Zot, una marca cuya imagen es un bufón.

Lanzada en 2005, Brugse Zot toma su nombre del apodo que reciben los habitantes de Brujas desde que los visitó Maximiliano de Austria, allá por el siglo XV. Gobernador propenso a las elevadas tasas y de corte estricto, los brujenses se opusieron a todas sus medidas con revueltas. En una de ellas Maximiliano fue apresado y al ser liberado, como venganza, prohibió cualquier festejo en la ciudad. Ya fuese con intención de consagrarse con su gobernante, o como burla, los brujenses organizaron una parada con gente caracterizada como locos y bufones. Tras el desfile solicitaron a Maximiliano autorización para volver a celebrar fiestas y construir un nuevo manicomio, a lo que el monarca respondió: ¡Cerrad todas las puertas ya que Brujas es en sí misma un manicomio!

Desde ese momento los habitantes de brujas reciben el nombre de “Brugse Zotten” o “los locos de Brujas”. Lo cierto es que a la vista de la altura que pueden llegar a alcanzar los globos, muchos podrían afirmar que más allá de los límites urbanos de la ciudad belga, todo aquel dispuesto a poner un pie en el cesto de este curioso medio de transporte adolece de cierta falta de sensatez. Un punto de locura, o quizás una pizca de valentía, en un mundo tan sujeto a normas de seguridad como el presente. Cabría destacar, ya puestos a la aventura que globos de aire caliente no necesitan lastre por lo que no es necesario cargar con sacos de arena, algo que sí sucede con los de gas.

Sin duda esta era una buena excusa para optar por esta opción siempre que el peso a eliminar sea en forma de cerveza.

Cultura de Cerveza

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