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La tradición de la cerveza caliente para invierno y Navidad

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Cualquiera que haya estado en Centroeuropa en esta época del año seguramente haya notado un curioso olor en las calles. Si sigues el origen de ese aroma dominado por la canela probablemente llegarás a un puesto identificado con un cartel que reza ‘Glühwein’. En él encontrarás una olla al fuego con un líquido humeante y un gran cucharón. Se trata de una especie de vino cítrico, dulce y especiado.

El Glühwein podría parecer una atracción más de los mercadillos que se instalan desde finales de noviembre hasta Año Nuevo —contribuye a esa sensación que el Glühwein se sirva en pequeñas tazas decoradas que los turistas pueden llevarse de recuerdo si están dispuestos a perder una pequeña fianza— pero la tradición es muy antigua y en ella la cerveza también ha jugado un papel muy importante.

No entraremos aquí a repetir el manido tópico de que “en Inglaterra la cerveza se sirve caliente”, pero podemos afirmar que, durante gran parte de la historia humana, la cerveza no fue la bebida refrescante que hoy se asocia con el ocio y el verano. Algunos antropólogos sostienen que, durante siglos, la cerveza no solo se consumía a temperatura ambiente por la falta de refrigeración, sino que incluso se calentaba porque el frío no se consideraba necesariamente deseable. En este contexto, la cerveza caliente no solo era normal, sino que se entendía como reconfortante y saludable, especialmente durante los meses de invierno.

¿Cuándo comenzó a beberse la cerveza caliente?

La respuesta es muy sencilla. Desde los albores de la civilización la cerveza se consumía en condiciones dictadas por el entorno. En climas templados o fríos la cerveza se almacenaba en bodegas y en invierno podía calentarse deliberadamente. En los siglos XVII y XVIII, especialmente en Europa, era común que tanto el vino como la cerveza se sirvieran calientes en tabernas y hogares. Esta práctica no se limitaba a una región concreta, sino que era habitual en todas las zonas con fuerte tradición cervecera. La cerveza caliente formaba parte de la vida cotidiana y de las celebraciones, y estaba profundamente integrada en la cultura popular.

Uno de los factores clave que explican esta costumbre es la visión médica dominante hasta bien entrado el siglo XIX. La medicina premoderna se basaba en la teoría de los humores, según la cual el cuerpo humano estaba gobernado por equilibrios entre cualidades como el calor, el frío, la humedad y la sequedad. Se creía que el estómago, en particular, funcionaba mejor cuando predominaban el calor y la sequedad, y que las bebidas frías podían alterar ese equilibrio.

En 1623, el texto Panala Alacatholica proclamaba, muy serio y convencido, que la cerveza caliente era poco menos que una panacea líquida. Según sus autores, aquel brebaje humeante no solo alimentaba el cuerpo, sino que lo dejaba fuerte, animado y con las “facultades animales” funcionando como un reloj… o como un caballo muy satisfecho.

Años después, en 1641, Henry Overton se sumó a la causa con su panfleto Warme Beere, insistiendo en que beber cerveza fría era casi un anatema. La ciencia del momento aseguraba que el estómago vivía gobernado por dos jefes muy estrictos: el calor y la sequedad. Y claro, echarle cerveza fría era como abrir una ventana en pleno invierno.
La cerveza caliente, en cambio, era vista como la gran solucionadora de problemas: ayudaba a digerir, derretía la flema rebelde de los pulmones, ahuyentaba infecciones y calmaba todo tipo de males sospechosos. Para rematar, una buena jarra nocturna prometía sueño profundo y memoria afilada. Vamos, que según el siglo XVII, si algo iba mal en tu cuerpo… probablemente necesitabas cerveza caliente.

Una cerveza caliente para Navidad y Año Nuevo

Más allá de las teorías médicas, la cerveza caliente tenía una función práctica y social muy clara. En una época en la que caldear las viviendas no era sencillo y los inviernos podían ser largos y duros, una jarra caliente proporcionaba calor físico y una sensación de bienestar inmediato. En las tabernas, la cerveza caliente ayudaba a crear un ambiente acogedor y facilitaba la sociabilidad. Además, el calentamiento aceleraba la absorción del alcohol, intensificando sus efectos, lo que hacía que la bebida fuese más apreciada en contextos festivos. Por estas razones, la cerveza caliente se convirtió en un elemento frecuente de la vida tabernaria desde principios del siglo XVII hasta mediados del siglo XIX.

A lo largo de este período surgieron numerosas bebidas elaboradas a partir de cerveza caliente, muchas de ellas asociadas a festividades invernales y celebraciones religiosas. En Inglaterra, por ejemplo, el wassail era una bebida tradicional de Navidad y Año Nuevo, preparada con cerveza o sidra caliente, especias, azúcar y a veces pan tostado o huevos.

El aleberry consistía en cerveza hervida con azúcar y especias, a menudo acompañada de pan flotante, y se consideraba un alimento reconfortante. La lambswool combinaba cerveza caliente con manzanas asadas y especias, mientras que el flip incluía huevos batidos y, en ocasiones algún destilado. Estas preparaciones no solo cumplían una función alimenticia, sino que estaban cargadas de simbolismo y formaban parte de rituales comunitarios.

En el mundo germánico, la cerveza caliente también tenía una larga tradición. La llamada warmbier era una bebida que se consumía como alternativa al café, especialmente entre las generaciones mayores. No se trataba simplemente de cerveza calentada, sino de un brebaje más complejo que podía incluir huevos, mantequilla, harina, especias y azúcar, lo que la convertía en una bebida energética y sustanciosa.

En los mercados invernales de Alemania, Austria y regiones vecinas, la cerveza caliente convivía con el mencionado vino caliente, o Glühwein. Con el tiempo, surgieron variantes específicamente cerveceras, como la Glühbier y la belga Glühkriek —elaborada con cervezas de cereza— y especias, que se servían calientes durante la temporada fría.

Declive y reaparición de la cerveza caliente

A pesar de su arraigo histórico, la cerveza caliente comenzó a desaparecer progresivamente en el siglo XVIII y XIX. Los avances en la técnica cervecera y la industrialización trajeron consigo avances decisivos que permitieron producir, almacenar y transportar cerveza fresca durante casi todo el año. Al mismo tiempo, las India Pale Ale y las Lagers, de perfil más limpio y refrescante, ganaron popularidad. Estas nuevas cervezas se promocionaban como “modernas, higiénicas y superiores”, y su consumo a temperaturas más frescas se convirtió en un símbolo de progreso.

En este proceso, las cervezas calientes pasaron a considerarse anticuadas y quedaron relegadas al olvido o reducidas a expresiones peyorativas en la literatura. Para muchos consumidores modernos, la idea de beber cerveza caliente resultaba extraña o incluso desagradable.

Sin embargo, en las últimas décadas se ha producido un tímido resurgimiento del interés por la cerveza caliente, impulsado en gran medida por la cerveza artesanal, un movimiento caracterizado por la recuperación de estilos históricos, la experimentación y la revalorización de las tradiciones locales. Algunas cervecerías artesanales han comenzado a reinterpretar la cerveza caliente como una experiencia estacional, especialmente durante el invierno, inspirándose en el Glühwein y otras bebidas tradicionales. En mercados navideños y eventos especiales, la cerveza caliente reaparece como una curiosidad histórica y una alternativa cultural al vino caliente.

Consejos para elaborar una Glühbier correctamente

Llegado a este punto seguro que a más de uno le apetecerá sorprender a sus amigos con una cerveza caliente. La tarea es sencilla, pero para lograr un resultado óptimo permitidnos unas pequeñas sugerencias tomadas de antiguas recetas:

Buscad un estilo adecuado

Históricamente se preferían cervezas con poco amargor, ya que el calor intensifica los sabores amargos. Por esta razón, las cervezas más antiguas, menos lupuladas y a menudo más oscuras o maltosas, resultaban ideales. En muchas regiones se utilizaban cervezas añejadas, Weissbiers o de fermentación espontánea, que ofrecían notas ácidas o afrutadas capaces de equilibrarse bien con otros ingredientes. La elección de la cerveza era un primer paso fundamental, ya que determinaba el carácter final de la bebida.

Controlad la temperatura

El calor desempeña un papel central en la preparación, pero no se busca una cocción agresiva. Tradicionalmente, la cerveza se calentaba con cuidado para evitar que perdiera por completo su carácter o se volviera desagradable. El propósito del calentamiento era abrir los aromas, suavizar la textura y permitir que los sabores añadidos se integraran de forma armoniosa.

En épocas pasadas, el calor podía provenir del hogar, de la chimenea de una taberna o incluso de herramientas incandescentes introducidas brevemente en el líquido, lo que añadía un componente casi ritual al proceso. Si estáis en el exterior, podéis hacer una hoguera y dejar varias barras finas de metal al fuego. Cuando estén incandescentes introducidlas en cada copa. Además de un espectáculo visual, el sabor de la cerveza cambiará a causa de la caramelización.

Usad el especiero de la cocina

Si se dice que el lúpulo es el alma de la cerveza, en el caso de la Glühbier lo son las especias. Canela, clavo, nuez moscada y jengibre aparecen con frecuencia en fuentes históricas, no solo por su sabor, sino por las propiedades que se les atribuían. Estas especias se asociaban con el calor interno, la digestión y la protección contra enfermedades invernales. En algunos lugares se añadían también cáscaras de cítricos, que aportaban frescura y equilibrio, mientras que en otros se recurría a manzanas asadas u otras frutas disponibles durante el invierno. La combinación de especias variaba según la región, la temporada y el gusto personal, lo que hacía de cada preparación algo único.

Dulzor al gusto

El dulzor es otro elemento clave. Azúcar, miel o incluso frutas secas se utilizaban para suavizar la bebida y redondear los sabores. En una época en la que el azúcar era un bien valioso, su uso en la cerveza caliente reforzaba el carácter festivo de la bebida, vinculándola a celebraciones como la Navidad o el Año Nuevo. El dulzor no solo mejoraba el sabor, sino que también contribuía a la sensación de energía.

 

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