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Cuando el Oktoberfest de Múnich abrió sus puertas en 1906, el año de nuestra fundación, los asistentes se encontraron con una desagradable sorpresa; los organizadores habían decidido subir la cerveza. El precio se había mantenido estable desde el cambio de siglo, pero ese año las populares jarras de cristal de un litro conocidas como mass, que habían comenzado a usarse en 1892, pasaron de 35 kreuzers a 37, lo que ocasionó una sonada protesta en la ciudad.

 

Inicialmente las quejas se hicieron oír en las carpas que desde unos años antes habían reemplazado a las vetustas barracas. Precisamente ese año se estrenaba la “HEINZ Wurst- und Huehnerbraterei”, una de las más pequeñas de la fiesta. Con capacidad para menos de 400 comensales, la familia Heinz comenzó a servir en ese 1906 su popular «schmankerln» en forma de salchichas y pollo asado.

 

De las carpas los manifestantes se trasladaron al ayuntamiento, pero en la Marieplatz descubrieron que los precios no los determinaban las autoridades de la ciudad de Múnich, sino los propietarios de las carpas. El alcalde se comprometió a que la ciudad, como organizadora del Oktoberfest, verificaría a partir de entonces que los precios fuesen apropiados, realizando una comparación con lo que se cobraba habitualmente en las principales tabernas y restaurantes de la ciudad.

 

Esto parece que tranquilizó a los consumidores, que resignados decidieron que esos dos kreuzers a mayores que tenían que sacarse del bolsillo no les iban a amargar la fiesta.

 

Lamentablemente lo peor estaba por llegar y en los años siguientes se encadenarían una serie de cancelaciones del Oktoberfest. Inicialmente fue la Primera Guerra Mundial, que entre 1914 y 1918 impidió la celebración, y después la terrible hiperinflación de la República de Weimar. Las imágenes de la época y las estadísticas hablan por sí solas. En el punto álgido de la inflación, entre 1923 y 1924, una barra de pan costaba tres mil millones de marcos y una jarra de cerveza cuatro mil millones. En un entorno turbulento en el que era necesario una carretilla para transportar los billetes necesarios para la compra diaria, es comprensible que los muniqueses no tuviesen ánimos para la música.

 

 

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