Yo sigo con cerveza, ¿y tú?

Atrás quedan los tiempos en los que la cerveza se consumía antes de sentarse en la mesa y servía únicamente como “aperitivo”. Cada vez son más los aficionados a la gastronomía que coinciden con que la cerveza es la bebida que mayor abanico sensorial ofrece. La enorme variedad de estilos y la diversidad de ingredientes que se usan en su elaboración garantizan que siempre haya una cerveza para cada plato.

A la hora de combinar cerveza y comida las posibilidades son infinitas, pero hay una serie de parámetros, generalmente aceptados, que deberíamos tener en cuenta a la hora de hacer nuestros “experimentos” o pedírselos al chef de confianza:

1. El zen es una garantía: Aún es más, es el mejor comienzo para un maridaje novel. Y es que es evidente que cervezas delicadas van mucho mejor con platos en los que los sabores sean sutiles. A la hora de decidir con qué acompañar cada comida es muy interesante fijarse en el tipo de cereal que se ha usado en la bebida y probar si es dulce, amarga o está dominada por los gustos tostados. Conocer las variedades de lúpulo también nos aportará equilibrios sorprendentes por las similitudes sensoriales con algunos alimentos y especias que tienen muchas de las nuevas variedades de Estados Unidos y Oceanía. Por supuesto, la dirección puede ser inversa. Analiza el proceso de cocinado y las características de los ingredientes usados por el cocinero para seleccionar cervezas con matices básicos similares. Aquí se cumple la máxima que dice que los maridajes suelen funcionan mejor cuando comparten algunos elementos comunes de sabor o aroma. Una cerveza muy potente abrumará a los pescados más delicados, mientras que una cerveza muy ligera puede parecer que desaparece cuando estás disfrutando de algún asado a la parrilla.

2. No huyas de la confrontación: Si estamos ante un plato muy contundente, por su elevado contenido en especias, picantes o grasas, se hace necesario que busques una cerveza a su altura que iguale las intensidades. Aquí, quedarse corto sería un error muy grave. Además de limpiar el paladar, la cerveza debe tener una elevada intensidad de sabor y una buena carbonatación. En estos caso casi siempre tendremos que fijarnos en el contenido de alcohol. Las cervezas más “generosas” suelen comportarse muy bien y pocas veces nos dejarán quedar mal. También debemos buscar aquellas recetas que incluyan alguna malta tostada y un lupulado extra. Si somos seguidores de las comidas picantes, por muy extraño que parezca, el dulzor de las cervezas muy maltosas calman las sensaciones que provocan chiles y pimientos.

3. Rompe los moldes: Aunque el contraste siempre estará presente en algún momento, en los dos puntos anteriores buscamos un cierto equilibrio, pero encontrar nuestro propio camino es muy interesante y puede ofrecernos experiencias únicas. Probablemente una de las primeras sorpresas que nos llevaremos es que la cerveza no debe ser necesariamente dulce para acompañar a los postres. De hecho, la combinación suele ser mejor cuando la cerveza proporciona un breve respiro al dulzor del postre. Curiosamente, las cervezas de frutas no son la mejor opción para los postres a base de frutas. Los sabores de la cerveza y los postres parecen competir y muchas veces acaban anulándose entre sí. Usar el sabor tostado, ahumado y cafetero de la cerveza negra es la mejor forma de acompañar los postres de frutas. Es evidente que una cerveza que cuente con maltas chocolate (o incluso chocolate puro) entre sus ingredientes se comportará muy bien con postres a base de cacao, pero incluso lo hará mejor con aquellos que lleven fruta, realzando las características de ambos. No tienes que limitarte a los postres para “romper los moldes” pero es una forma de iniciarse muy divertida. ¡Y muy golosa!

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