Recientemente se ha oficializado la crítica a algunas prácticas mediante las cuales el sector cervecero habría tratado de crear un mensaje positivo vinculando cerveza y salud. Independientemente de esta discusión, hace años que se publican estudios que levantan puentes entre ambos mundos, aparentemente sin ningún interés económico detrás.
Ese parece ser el caso del trabajo del doctor Chris Buck, un virólogo del Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos, cuyo trabajo se centra en los poliomavirus, un grupo de virus que infecta a la mayoría de las personas antes de cumplir los nueve años, generalmente sin causar síntomas.
Uno de estos virus, el BK poliomavirus, suele permanecer dormido y no provoca problemas, pero cuando el sistema inmunológico se debilita, puede reactivarse, causando daños en los riñones, inflamación dolorosa de la vejiga y complicaciones graves en pacientes trasplantados. Frente a estos riesgos, Buck buscaba formas innovadoras de inmunizar a la población de maneras más accesibles y sencillas.
Supongo que, a estas alturas, algunos ya habréis supuesto que esa forma innovadora de Buck no venía presentada en un vial, sino en una jarra de cerveza. Y aunque pueda sonar a una idea sacada de la ciencia ficción de serie B o de un experimento de laboratorio extremo, la realidad es que el científico la llevó a cabo en su propia cocina con su equipo de homebrewing.
Autoexperimentación y ética científica: cuando el método importa tanto como el resultado
La propuesta del doctor Chris Buck fue alterar la levadura de cerveza, la Saccharomyces cerevisiae, para que generara proteínas virales del BK poliomavirus que no fueran dañinas. Las proteínas, conocidas como antígenos, son los componentes que estimulan al sistema inmunitario para generar defensas específicas sin provocar la enfermedad. Buck empleó esta levadura para fermentar cerveza, produciendo una bebida que, en teoría, tenía el potencial de exponer el cuerpo a los antígenos del virus y provocar una respuesta inmune protectora.
Casi siguiendo el guión de una cinta de terror, el primero en probar la cerveza fue el propio científico, constatando que su organismo había producido anticuerpos contra el virus, una señal preliminar de que la estrategia podría funcionar.
La idea era atractiva: una vacuna oral que no necesitara de agujas, refrigeración o infraestructura médica compleja, lo cual podría simplificar la inmunización en lugares con escasos recursos. Lo que provocó tanta controversia no fue la idea en sí, sino la forma en que se realizó el experimento. En un principio, Buck pidió autorización para probar la cerveza siguiendo protocolos formales de investigación, pero los comités de ética no se lo permitieron. Entonces, en lugar de abandonar el proyecto, optó por seguir de manera independiente.
Con ese propósito, fundó una organización sin ánimo de lucro y elaboró la cerveza en su casa. Él, su hermano y un grupo reducido de individuos la ingirieron sin reportar efectos negativos. Buck había desarrollado anticuerpos contra diferentes cepas del BK poliomavirus, según indicaron los análisis de sangre, lo cual, en su opinión, podría ser clínicamente significativo.
Evitando el procedimiento de revisión por pares que usualmente valida la investigación científica, divulgó públicamente los resultados preliminares y los métodos mediante entradas de blog y repositorios en línea. Esta perspectiva manifestaba un compromiso con la transparencia, pero también evitaba muchas de las salvaguardias que garantizan la seguridad de los ensayos biomédicos.
Vacunas comestibles: ¿puede la levadura cervecera ser un vehículo de inmunización?
La reacción de la comunidad científica y médica ha sido diversa. La importancia de las vacunas orales es subrayada por muchos investigadores: existen vacunas efectivas contra la polio y el cólera que no requieren inyección, lo que demuestra que la inmunización por medio del sistema digestivo es posible.
No obstante, existen serias preocupaciones. Las vacunas convencionales son sometidas a rigurosas pruebas durante años, incluyendo ensayos clínicos que involucran a miles de voluntarios con el fin de determinar su eficacia, dosificación y seguridad.
El experimento de la "cerveza con vacuna" solo incluyó a un número limitado de individuos y careció de grupos de control, lo que hace imposible llegar a conclusiones firmes. Asimismo, algunos bioeticistas indican que la divulgación pública de resultados no verificados y la autoexperimentación podrían debilitar la confianza en las vacunas y en la ciencia, especialmente en un contexto de alta desinformación sobre inmunización. Además, existe el temor de que la noción de una vacuna en cerveza banalice la vacunación o fomente experimentos caseros peligrosos.
Pese a las objeciones, la propuesta de Buck ha atraído el interés de otros investigadores que perciben un potencial real en vacunas integradas en alimentos o bebidas. En principio, la levadura tiene la posibilidad de añadirse a alimentos que no contienen alcohol, como el yogur o los suplementos nutricionales. La perspectiva más amplia no se centra en el alcohol, sino en reconsiderar la manera de distribuir y gestionar las vacunas para que sean más accesibles a escala planetaria.
Límites y posibilidades de la cerveza-vacuna
Por muy prometedores que sean los resultados del proyecto, la cerveza con vacuna todavía está lejos de la medicina convencional: no ha sido validada en ensayos clínicos revisados por pares, no tiene aprobación regulatoria y es simplemente un experimento privado de Buck, que sigue enfocándose en métodos más tradicionales de vacunas como parte de su trabajo profesional.
Buck y su hermano empezaron el experimento probando distintos métodos de administración en ratones. En un principio, al aplicar la levadura inactiva con proteínas virales en la nariz de los roedores o en su piel se generaba una respuesta inmune, pero no era suficiente.
Alimentar a los ratones con levadura viva que contenía partículas virales sí producía anticuerpos, lo cual indicaba que las proteínas tenían la capacidad de interactuar con las células del sistema inmunitario intestinal y activar defensas si lograban sobrevivir al ambiente ácido del estómago. Este hallazgo inesperado fue el que llevó a Buck a pensar que los seres humanos podrían beneficiarse de un enfoque similar.
Con la levadura preparada, procedió a elaborar su cerveza vacuna en casa y se sometió al discutido protocolo de autoexperimentación, tomando un vaso al día durante cinco días y luego repitiendo dosis de refuerzo en semanas posteriores.
Los análisis de sangre revelaron que los anticuerpos contra determinados subtipos del BK poliomavirus aumentaron, aunque no todos llegaron a los niveles que se consideran protectores. Sin embargo, él creyó que su cuerpo había conseguido una respuesta inmune sin efectos secundarios evidentes.
La controversia no solo afecta a la eficacia o a la seguridad. Buck también ha tenido que lidiar con problemas administrativos y sanciones laborales. Cuando publicó sus descubrimientos en blogs y plataformas de preprints, recibió objeciones de comités de ética de los Institutos Nacionales de Salud y fue suspendido administrativamente mientras se investigaba su situación.
Cuando la vacuna se bebe: riesgos, regulación y confianza pública
Los especialistas han discutido acerca de la posibilidad de que su perspectiva aumente o disminuya la confianza pública en las vacunas. Hay quienes sostienen que, si la gente pudiera probar vacunas en casa, podría deteriorarse la percepción de la ciencia como algo serio y generar comportamientos de riesgo. Sin embargo, otros argumentan que estas iniciativas podrían acercar la ciencia a las personas y promover una comprensión más intuitiva de la inmunización.
En respuesta a estas críticas, el doctor Buck ha explorado formas alternativas para repartir la levadura más allá de la cerveza. Entre ellas estarían las cápsulas de levadura o "chips" deshidratados que podrían añadirse a los alimentos. No obstante, regular estos productos es complicado, ya que los suplementos dietéticos y alimentos no necesitan la misma aprobación que las vacunas y los fármacos; sin embargo, no pueden declarar que tratan o evitan enfermedades sin autorización.
Esto abre la puerta a discusiones sobre dónde está la frontera entre alimento y medicina, así como la manera en que se garantiza la seguridad sin obstaculizar la innovación. El debate sobre levaduras genéticamente modificadas en la elaboración cervecera lleva años activo en el sector, y el caso de Buck no ha hecho más que añadirle una capa de complejidad inesperada. La cerveza con vacuna puede ser, en muchos sentidos, un ejemplo extremo de estos dilemas.
Si la historia de la cerveza-vacuna del doctor Buck te ha dejado con ganas de saber más sobre los límites entre ciencia y jarra, estás en el lugar adecuado. En el blog sobre cerveza Amantes Cerveceros llevamos años explorando todo lo que ocurre dentro —y alrededor— de una buena cerveza: desde los secretos de la levadura hasta las investigaciones más sorprendentes del sector. Porque la cerveza, lo sabemos bien, siempre tiene algo nuevo que contar.