Durante la pandemia de COVID-19 las críticas a la OMS fueron numerosas. Esa valoración poco positiva de la Organización Mundial de la Salud fue respaldada posteriormente por un análisis elaborado para The Lancet por un nutrido grupo de expertos en el que se criticaba las estrategias seguidas para combatir la pandemia. Ahora, las nuevas discrepancias profundizan en la visión que tiene este organismo de las Naciones Unidas acerca de la relación entre el consumo de alcohol y la salud. Sin duda, es una relación compleja.
Durante décadas, las investigaciones epidemiológicas han descrito asociaciones entre el consumo bajo a moderado de alcohol y una reducción del riesgo cardiovascular, un fenómeno popularizado como la "curva en J". Según este modelo, tanto la abstinencia como el consumo elevado se asocian con mayor riesgo, mientras que una ingesta moderada se sitúa en el punto de menor riesgo.
No obstante, este patrón ha sido objeto de un intenso debate científico. En junio pasado, la Asociación Americana del Corazón reconoció la existencia de estas asociaciones en niveles bajos de consumo, pero subrayó la presencia de un sesgo sustancial en los estudios observacionales y desaconsejó explícitamente el consumo de alcohol con fines de salud. En otras palabras, aun cuando ciertos estudios sugieren beneficios cardiovasculares, estos no constituyen una base suficiente para recomendar el consumo.
En contraste con esta postura cautelosa, la Organización Mundial de la Salud y su organismo especializado en cáncer —la Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer (IARC)—, mantienen una posición más tajante: no existe un nivel seguro de consumo de alcohol. Desde esta perspectiva, cualquier ingesta incrementa el riesgo de enfermedad, en particular de cáncer. Según estimaciones del IARC, en 2020 se produjeron aproximadamente 740.000 nuevos casos de cáncer atribuibles al alcohol en todo el mundo, lo que representa alrededor del 4% de todos los diagnósticos nuevos.
Sin embargo, un análisis más detallado de estas cifras revela importantes matices. La gran mayoría de los casos —en torno al 86%— se atribuye al consumo excesivo o de alto riesgo, mientras que el consumo ligero a moderado explicaría aproximadamente uno de cada siete casos. Esta distinción suele perderse en la comunicación pública, donde el mensaje de "riesgo cero" tiende a presentarse de forma uniforme, sin diferenciar entre patrones ni niveles de consumo.
Modelos de evaluación de riesgo: el debate sobre consumo total vs. patrones de ingesta
Un pilar central de muchas directrices recientes es el modelo publicado en 2023 por el Centro Canadiense sobre el Uso de Sustancias y las Adicciones. Este modelo estima el riesgo para la salud principalmente en función de la cantidad total de etanol consumido, independientemente del tipo de bebida, con la excepción de los riesgos agudos asociados a bebidas destiladas. Combinado con bases de datos nacionales y de la OMS, este enfoque refuerza el mensaje de que cualquier incremento en el consumo se traduce en un aumento del riesgo.
Críticos de este modelo, entre ellos el profesor Nicolai Worm, sostienen que varios organismos nacionales —como la Deutsche Gesellschaft für Ernährung— se han apoyado en exceso en estas estimaciones ignorando estudios como el del Robert Koch Institute que concluyen que existe una menor mortalidad entre los bebedores moderados, especialmente en cohortes de mayor edad y cuando el consumo se realiza con las comidas como parte de un estilo de vida saludable.
El núcleo de esta crítica no es la negación de los riesgos del alcohol, sino la advertencia de que un enfoque centrado casi exclusivamente en la dosis total de etanol puede simplificar en exceso una relación biológica y social compleja. Edad, contexto dietético, frecuencia de consumo y otros factores del estilo de vida influyen de forma significativa en los resultados de salud.
Esta tensión entre mensajes simplificados y resultados heterogéneos también se refleja en el Global Burden of Disease Study. Informes anteriores enfatizaron que el nivel más seguro de consumo de alcohol es cero. Sin embargo, la actualización de 2022 introdujo un mayor grado de matización. En adultos mayores de 40 años, cantidades diarias muy bajas se asociaron con un riesgo mínimo global, mientras que el riesgo aumentó progresivamente a medida que crecía la ingesta.
Es importante subrayar que estas estimaciones describen niveles de riesgo mínimo, no recomendaciones de consumo. Además, varían según el sexo, la región geográfica y el riesgo basal de enfermedad. Aun así, su mera existencia cuestiona la idea de que los efectos del alcohol sean homogéneos en todas las poblaciones y etapas de la vida.
Por qué importan tanto los patrones de consumo de cerveza
Más allá de la cantidad total, un creciente cuerpo de evidencia sugiere que los patrones de consumo desempeñan un papel relevante. Análisis prospectivos del UK Biobank —un estudio a largo plazo que alberga muestras biológicas anónimas y datos de salud de medio millón de personas en el Reino Unido— indican que, entre los consumidores habituales, distribuir la ingesta en tres o cuatro días a la semana y consumir alcohol junto con las comidas se asocia con una reducción del riesgo de eventos vasculares y de la mortalidad por cualquier causa.
Resultados similares se han observado en otros trabajos; por ejemplo, un análisis publicado por la Clínica Mayo destaca la posible importancia del consumo "con las comidas" en poblaciones donde la ingesta general se mantiene en niveles moderados. Estos hallazgos sugieren que el contexto metabólico y conductual del consumo puede modificar sus efectos fisiológicos.
Volviendo a las conclusiones de la Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer, sus críticos argumentan que los factores de confusión relacionados con el estilo de vida son especialmente relevantes al analizar el riesgo de cáncer. Un análisis publicado en el British Journal of Sports Medicine sugiere que cumplir con las recomendaciones de actividad física puede atenuar los riesgos de mortalidad asociados al alcohol, incluida la mortalidad por cáncer.
De forma complementaria, otro estudio del British Journal of Nutrition muestra que el sobrepeso explica en gran medida el elevado riesgo de cánceres relacionados con la obesidad en las distintas categorías de consumo de alcohol.
Estos resultados refuerzan la idea de que el alcohol no actúa de forma aislada. Su impacto depende de una red de factores interrelacionados, como el nivel de actividad física, el peso corporal, la dieta y otros hábitos de vida.
¿Ha habido sesgos en las investigaciones sobre el alcohol?
Aunque la evidencia específica sobre distintos tipos de bebidas alcohólicas sigue siendo contradictoria, una revisión publicada en 2023 en Frontiers no encontró una asociación general entre el consumo moderado y el riesgo total de cáncer, aunque sí observó aumentos dependientes de la dosis para determinados tipos de cáncer cuando la ingesta era mayor.
Estos hallazgos, fruto del trabajo de científicos españoles, chilenos, uruguayos y paraguayos, subrayan la importancia de distinguir claramente entre consumo bajo, moderado e intensivo al comunicar riesgos a nivel poblacional. La falta de estas distinciones puede llevar tanto a la trivialización de los riesgos reales del consumo elevado como a la sobregeneralización de los efectos adversos en niveles bajos.
Otro elemento del debate surgido recientemente en Alemania se centra en la independencia de algunas evaluaciones. Los críticos ponen el foco en la relación oficial que desde 2018 mantiene Movendi International —una ONG con raíces en el movimiento de templanza de la International Organisation of Good Templars— con la OMS.
Varios investigadores canadienses involucrados en trabajos recientes, incluidos Tim Stockwell, Tim Naimi y Adam Sherk, han documentado colaboraciones o afiliaciones con Movendi. Aunque no se ha establecido financiación directa de sus investigaciones por parte de esta organización, los críticos sostienen que estos vínculos merecen un escrutinio cuidadoso en los procesos de revisión de la evidencia, especialmente en un ámbito donde las implicaciones políticas y de salud pública son significativas.
La necesidad de una evaluación científica más equilibrada del alcohol
Este debate no es nuevo; un informe reciente de las Academias Nacionales de Ciencias, Ingeniería y Medicina de Estados Unidos, elaborado a petición del Congreso para informar futuras Guías Alimentarias, analizó de forma sistemática la evidencia sobre el consumo moderado de alcohol y ocho resultados de salud específicos. El informe no formuló recomendaciones, pero destacó las limitaciones metodológicas persistentes, como el sesgo de abstinencia o la falta de definiciones estandarizadas.
Con certeza moderada, el comité concluyó que el consumo moderado se asocia con una menor mortalidad por todas las causas y con menor riesgo cardiovascular, pero también con un mayor riesgo de cáncer de mama en mujeres. Para muchos otros resultados, la evidencia se consideró insuficiente o inconsistente.
En conjunto, este informe refuerza una conclusión central: la base de evidencia sobre alcohol y salud es imperfecta y compleja. Simplificarla en mensajes unidimensionales puede ser útil desde el punto de vista comunicativo, pero corre el riesgo de distorsionar la realidad científica.
De todo esto podemos extraer que las evidencias acumuladas indican que los efectos del alcohol sobre la salud no son uniformes. La edad, la dosis, el patrón de consumo y el estilo de vida influyen de manera decisiva en el perfil de riesgo. Reconocer esta complejidad no equivale a minimizar los riesgos, sino a comunicarlos con mayor precisión. Solo así podrán elaborarse guías que informen de forma honesta y equilibrada tanto a la población general como a los responsables de las políticas de salud pública.
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