Texto: Beatriz H. Viloria

 

Presentar tu último disco en casa siempre es una noche especial. Porque a pesar de la condición de nómadas musicales de Mohama Saz, el ahora quinteto madrileño tiene los pies bien puestos en su ciudad y vivió la puesta de largo de Viva el Rey del pasado viernes en la Sala 0 de Madrid de con intensidad.

Ya se sabía que la banda venía dispuesto a darlo todo cuando anunciaron el tándem con Íñigo Garcés alias Cabezafuego, quien había dado su último bolo con ellos y, tras su poco meditada retirada del mundillo, iba a volver a los escenarios de su mano. Y, como contaban ellos mismos, «viene con ganas de juerga». Sus intenciones estaban cristalinas desde que su pelazo y él aparecieron en escena para iniciar una delirante sesión de karaoke.

 

 

Porque realmente había una pantalla con geniales vídeos con la letra, aunque el respetable se sabía de memoria la gloriosa La Balada del Irritante o De niña a mujer. Cantos varios a las drogas, Alsa y una impagable versión de Black is Black con imágenes de Alice Cooper o Georgie Dann y referencias a distintos métodos para ocultar las canas, mientras Cabezafuego andaba desencadenado por la pista, bailando y buscando voluntarios para salir a cantar (y los hubo). En resumen, el mejor regreso posible de este inclasificable cronista pop y, menuda forma de romper el hielo.

 

 

Desapareció la pantalla y cinco tipos con chilabas negras tomaron posiciones. Cambió el tono de la velada y, de repente, aquello parecía una fiesta tremenda en una jaima perdida en el desierto, un oasis de bucles sonoros que invitaban a no parar de danzar. El cosmos estilístico de Mohama Saz se ha expandido y en Viva el Rey su continuo viaje psicodélico les ha llevado por derroteros turcos y armenios (y hasta andinos), pero la inspiración arabesca no les abandona, haciendo que el etiquetado sea imposible así como innecesario. Jazz psicodélico o psicodelia mediterránea, son nómadas sin rey ni patria definida y sus directos son viajes cuasi lisérgicos en los que los presentes entran en éxtasis.

 

 

Entre Avisenawino, Altiplano o Esplendor de Cristal, se sucedieron ritmos moriscos, el trabajo de percusión de Rubén Mingo y de batería de Adrián Ceballos, las líneas de bajo hipnóticas y los cánticos de su hermano Sergio, los cálidos rasgueos del Baglama saz de Javier Alonso y las incursiones de saxofón y clarinete de Arturo Pueyo. Y el añadido electrónico de Cabezafuego. ¿Cómo dibujar semejante tejido de recursos melódicos llegados de distintos puntos del globo? Tuvieron sus minutos de brillo también las primeras investigaciones realizadas en More Irán (2015) y Negro es el Poder (2017), que dan cuenta de las múltiples posibilidades con las que ha dado el grupo y con las que juegan sobre el escenario cada noche. Conectan con lo más profundo del ser y ponen en marcha a todo el cuerpo sin remedio.

No hay mejor forma que experimentarlo in situ y vivir mil y una noches en casi dos horas de concierto.

 

 

Fotos: Le Chuck Studio

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