Texto: Isaac Pedrouzo

No hubo sitio para las dudas. Ya desde la puerta, donde un premonitorio enorme globo rojo revoloteaba avisando cómplice antes de entrar. Y el cuadro enmarcado perfecto.

Varios corazones hinchables colgaban hacia arriba en el escenario, ese escenario del Torgal, capaz de lo imposible. Salían a escena esa delicia psicodélica llamada Solo Astra, un secreto a voces que puede explotar en cualquier momento, justo antes de que Pimp Flaco avanzase por el pasillo despejado entonando la primera frase de U know, excelso segundo single de Cupido.

Con el aire ya revoltoso atacaron al baile con Continúa. Aquí había que dejar claro que no se trataba de trap, ni de pop, ni de rock. Lo único importante eran las canciones. La primera fila, aunque hablar de primera fila en un sitio que es como el salón de casa de la abuela en Nochebuena no tenga mucho sentido, se había rendido al discurso en apenas ocho minutos. En dos cervezas. A nadie le importaba ya lo que pudiera suceder fuera, en la calle.

Sin Luca Bocci presente, El tiempo es oro no cojeó, y aunque lo hubiese hecho, un Me da igual del repertorio de Flaco en solitario ya estaba preparado para salir a escena. Hay disparos que siempre, siempre, dan en el blanco. El resto fue una demostración impoluta en lo lírico (5 senti 2), sincera en el mensaje (Milhouse) y generosa en repertorio, que terminó por eliminar la poca timidez que quedaba bajo las luces rojas tras los primeros acordes de Laberinto de amor. Sin Kinder Malo, pero infalible tres metros por debajo del suelo.

El relato atemporal sobre el amor que narra Préstame un sentimiento, título de su primer álbum, se afianzo sin edad al suelo de madera con Telepatía; las cosas claras, directas, sin rodeos ni mensajes imposibles de interpretar. Nadie dijo que todo tuviese que ser difícil.

Las manos alzadas con el dedo índice señalando nadie sabe el qué, ser feliz quizás, mientras al unísono de los asistentes Autoestima golpeaba en el estómago de los dos despistados que quedaban allí, al fondo. Todo se tornó incontrolable en lo emocional y lo racional. Y las luces rojas que ya pedían descansar. Pero nadie quería ponerle fin a No sabes mentir, prodigiosa canción del verano en invierno, aunque allí abajo, en el sótano, ya nadie sabe de estaciones. Todos pedían desde el pecho que el estribillo durase un poco más. Dos minutos o dos días. Daba lo mismo. Pero un poco más.

Se fueron del escenario conscientes de que no se terminaba aquí y, alumbrados por las linternas de todos los teléfonos móviles de la sala, terminaron todo con un corte inédito. Sin título. No era necesario.
Todos juraron amor ciego a Cupido. No hubo sitio para las dudas.



Fotos: Cenizas en el Aire

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