Es lunes. Empieza la semana, un nuevo mes y nos acaban de cambiar la hora. Tener una cita con Dominique A en un lugar como el Teatro Lara de Madrid era lo mejor que nos podía pasar. Y así ocurrió. 

Aún había luz cuando a las 20:30 una ordenada cola salía del coqueto teatro madrileño (que había vendido todo el papel). El honorable no sabía aún que, a pesar de que el francés se iba a presentar hacia las nueve de la noche sobre las tablas vestido de un sobrio negro, con una iluminación igual de sencilla y completamente solo, únicamente armado con una guitarra y distintos pedales, lo que se iba a encontrar era un luminoso arcoiris. 

Más de 25 años en activo dan para mucho, y Dominique A es un artista total que se ha embarcado en una gira en solitario, un one man show que no se reduce a sus dos últimas grabaciones de 2018, Toute Latitude y La Fragilité, sino que pega un repaso a toda su discografía, a muchas de las letras y melodías que nos ha ido regalando desde los noventa. 

Con La Poésie empezó el viaje por este arco en el cielo (traducción literal de la palabra francesa para “arcoiris”), que une en una velada distintos puntos de su carrera, cada uno con un juego audiovisual y de luces diferente. De la misma manera, y atendiendo a las necesidades del repertorio, el francés parecía transformarse. De la delicadeza inicial pasaba a la tensión y la energía que inyectó a sus cuerdas en Hasta que el cuerpo aguante y Pour la Peau, donde la escena se tiñó de rojo, ambas seguidas de unos aplausos igualmente enérgicos. De repente, el viento cambiaba; “La siguiente es más calma, soy un hombre de 50 años”, aclaraba el de Provins, entre risas, y manejándose con los efectos de sus pedales afrontó Central Otago

Y es que después de habernos dado la bienvenida, y siempre en un español que muchos quisieran, Dominique aprovecharía la intimidad de la apuesta y de un lugar tan idóneo para hablar entre tema y tema. Otra demostración de su capacidad para gestionar el ritmo de un espectáculo que, a priori, podría caer en la monotonía al desprenderse del apoyo de una banda. Con las explicaciones dadas en torno a La mémoire neuve, que pintó de azul el Lara, se ganó aún más a los presentes: “Hace 24 años de este tema, no voy a hacer una mala versión, soy un profesional por desgracia. Probablemente mañana fuera mejor”.

El francés lleva un generoso setlist en esta gira, que nos llevó a la verde hierba en Le grand silence des campagnes y al bosque en busca de La splendeur, sobre unas sutiles y elegantes bases electrónicas. El amarillo acaparó el espacio para acoger la fuerza de Immortels, el verde para el momento más pop de J’avais oublié que tu m’aimais autant y los tonos turquesas colorearon el homenaje de Gisor, donde la eléctrica se apoderó del francés, guiándole por el escenario. 

Dominique A nos enseñó todos los colores del arcoiris, así como todas las facetas de ese poliedro que es su talento. La chanson française de Au revoir mon amour, la narrativa de la inquietante granja de Corps de ferme á l’abandon o la entrada inesperada de Antonia entre luces rojas. Más que superada la hora de concierto, la emoción contenida entre las butacas se iba liberando, aún quedándose alguien sin aliento cuando se anunció L’Horizon como primera retirada, seguida de vítores y aplausos que no cesaron hasta que el francés reapareció. 


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