Texto: Beatriz H. Viloria 

 

“Vamos a lanzar un hechizo para ahuyentar a los malos espíritus, porque no tenemos tiempo para eso”. Limpiando el ambiente con unas campanas de viento, un violín y Old Rockhounds Never Die, tema titular del segundo álbum que iba a defender, se presentó Odetta Hartman el pasado viernes en Madrid.

La Sala 0 de la capital se había transformado en una suerte de cabaret con mesas y sillas bajas frente a las tablas, y se respiraba un ambiente diferente a otras noches. Parecía que todos sabíamos que íbamos a presenciar algo más que el concierto de la neoyorquina y su socio, Alex Freeman. La mesa donde Odetta había colocado sus discos (para ahorrarle el exceso de equipaje en su siguiente viaje) podría haber sido la de una medium. En el escenario había un jarrón con flores, los instrumentos colocados sobre telas estampadas, espumillón en el pie de micro y toda clase de herramientas musicales en torno al ordenador desde el que operaría Alex, hombre orquesta y campanillero del inicio. Ella llevaba un chaleco de lentejuelas, melena indomable y apareció entre el público acariciando su violín. 

Y en vista del viaje musical que el dúo tenía preparado para el público madrileño, verdaderamente parecía que nos habíamos unido a una caravana gitana sin saberlo, comandada por dos ratones de ciudad amantes del campo y el country. Con detalles tan simples como ponerse unas gafas con forma de corazón a la hora de afrontar temas edulcorados como You You, se intensificaba un embrujo que había comenzado con su voz poderosa, una irresistible simpatía y su asombrosa capacidad para arrastrar al personal en la travesía que supone su música. 

 

 

De Sicilia a Nuevo México, pasando por Nashville y alternando violín, guitarra y banjo, nos atrapó con la escalofriante historia de una mujer, un casino y el demonio, embarcándonos en un viaje hacia las profundidades a bordo de cuatro canciones en cadena, empezando por Tap Tap, cruzando The Ocean para dar con Widow’s Peak y los pistoletazos de Misery. Acabada la clase de historia, invitó a los presentes a soltarse, a dar palmas, a hacer el tonto. Llegados a ese punto, realmente podía pedirnos lo que quisiera.

Lo mejor es que a Odetta aún le quedaban varios ases en la manga. Además de repasar su última referencia y su debut, 222 (2015), nos ofreció Dr Jekyll y Socks, dos temas nuevos que ya provocan deseos de tener nuevo material en las manos. Siguió exhibiendo su imaginativo estilo en el que fusiona el folk tradicional con las bases y efectos que lanzaba Alex, bebiendo del R&B para cantar, a ratos más contenida, salvaje y espontánea la mayoría del tiempo. El mejor ejemplo de esto vino con el repaso que le pegó a la historia de la música, mezclando letras de Amy Winehouse, Drake, Beatles y Elvis sobre dos acordes.

 

 

El viaje acabaría en Washington, para recordarle al actual Presidente de su país, que la Casa Blanca no es su hogar, invocando a uno de los héroes de Odetta, Woody Guthrie, quien en los años 50 le dedicó unos versos a Trump padre, I Ain’t Got No Home/Old Man Trump. 

Con ella nos devolvió al presente y a la realidad. Ya solo quedaban las brasas de la hoguera en torno a la cual nos había reunido, pero el encantamiento perduraría más allá de esa noche de viernes. Odetta Hartman no es únicamente una excelente cantante y original artista y música. Es una cuentacuentos, una guía de viaje, y una hechicera. Imaginación, historia y talento, todo en una. 

 

 

Fotos: Le Chuck Studio

 

 

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