Rosalía, o el duende que no entendía de etiquetas

01/08/2018
Concierto de Rosalía en Santiago

Texto: María Nieto

Hay que ser muy valiente para arrancar tu concierto con el tema que te ha encumbrado al Olimpo de los artistas que han traspasado la línea. Pero Rosalía es valiente por encima de todo. Por eso sale a escena como la diva que es, insultantemente joven, desconcertantemente talentosa, ataviada con un conjunto a caballo entre el outfit de una reina del trap y una bailaora flamenca, tan blanco que deslumbra, con sus uñas cuajadas de diamantes falsos y su sonrisa.

 

Entra a escena flanqueada por un cuerpo de baile sublime, ante la atenta mirada de su banda, y arropada por un griterío enfervorecido de voces jóvenes. Voces que, posiblemente, no saben quién es Estrella Morente, aunque sí saben -y lo apuesto todo- quién es Becky G.

Rosalía es ambas y ninguna. Rotunda pero frágil, pisa el escenario con el garbo de quienes la precedieron en mil tablaos y con el descaro de las reinas del hit que la acompañan generacionalmente, y se arranca con “Malamente”. Y la Quintana, en Santiago de Compostela, se quiebra, como la voz de esta catalana en cada quejío. Y mientras se marca una coreografía que es a  la vez flecos y movimientos reguetoneros, que combinan fantásticamente con las palmas, es imposible no enamorarse. No sé si habrá habido apropiación cultural, pero sin duda ha robado el alma de los grandes y se la ha comido con patatas. Es puro espectáculo, es puro talento. Y es de todo, menos pura, porque de la mezcla sale siempre la raza más fuerte.

Cuando hace dos años Rosalía presentaba “Los Ángeles” junto a Raül Refree la crítica la amó. Renovación del flamenco, aire fresco, sangre nueva. En el Festival Noroeste Estrella Galicia 2017 ofreció un directo encantador en el Castillo de San Antón, giró por salas y festivales de medio formato dando qué hablar. Y entonces enmudeció. A finales de 2017 se metió en un estudio y hace unas semanas salió de su mutismo con “Malamente”, el single que arrancaba “El Mal Querer”. E internet implosionó. Ella solita -o mejor dicho, increíblemente acompañada- había conseguido revolucionar el panorama musical. ¿Eso era flamenco-trap? ¿Era pop flamenco? ¿Era flamenco-fusión? Qué más da, era una maravilla.

La Quintana está ya rendida, y Rosalía lo sabe, por eso arranca su segundo tema, “Que no salga la luna”, con algo más de sosiego. No cabe un alfiler entre los vetustos muros de piedra de la plaza y la voz de Rosalía cobra matices nuevos en este tema, más pausado. Suena a tradición y a blanco y negro, e impacta mucho ver a una generación de chicos y chicas que apenas rozan la veintena emocionados con ella. Ella, la que canta con Becky G y se marca videoclips tan post millenials que a los de “casicuarenta” nos epatan. Ella ha hecho más por la difusión del flamenco que mil campañas institucionales.

 

Tras “De Madrugá” llega el turno de “Pienso en tu mirá”. El cuerpo de baile se multiplica. Mil brazos, mil piernas, y todas moviéndose enfervorecidas, simultáneas, casi en un ritual de “Santería”, otro de los temas que sonarán esta noche. “El Mal Querer” es un viaje ultrasónico por un sentimiento más viejo que el mundo, el de ese amor maldito, que nos hace más mal que bien, pero del que no podemos desengancharnos. Y eso no tiene etiqueta que valga, porque sirve para abuelos y nietos por igual. Y Rosalía lo sabe. Ese sentimiento admite cumbias, trap, reguetón, flamenco y, si ella quiere -y quiere-, hasta ciertos toques manga, como los que despliega, ataviada con un short y un crop top de un rojo intenso, en “Maldición” y “Ningún Hombre”. Esto es más que música, aquí la estética tiene peso, cuenta una historia. Su historia, la que ella ha construido.

Habla pocas veces, pero no escatima en cariño la catalana: “Hice el Camino de Santiago hace años, desde Roncesvalles, y luego seguí hasta Fisterra. Cuando llegué aquí tuve un sentimiento muy grande, y pensé “ojalá pueda tocar aquí algún día”. Eran fiestas, como ahora. Y me hace tan feliz estar aquí”. Y claro, la plaza se viene abajo.

Sobre el escenario hay dos docenas de profesionales. Y todos cumplen maravillosamente su propósito: dar alas a una artista que es diferente a cualquier otra. A Rosalía le importa poco o directamente nada si los entendidos la reprenden o la apoyan, si el mainstream se le escapa -difícil imaginarlo cuando miles de personas corean tu nombre- o si lo suyo tiene más de apropiación cultural sudamericana, andaluza o del Mar Menor. A ella le importa lo que hace, y contagia entusiasmo. Y salta entre sus bailarinas, y canta junto a sus coristas, y eso es todo lo que importa mientras agita su larga melena recogida en una pulida coleta tirante y brillante, que lo mismo puede haberse inspirado en el peinado tradicional de las bailaoras, o en los estilismos de J.Lo. Y a quién le importa, si lo que cuenta es su música, su espectáculo. Su arte.

“¿Santiago, la última?”. Y sobre una base de rap con ciertos toques reguetoneros la voz de Rosalía suena a cumbia en “Aute Cuture”. Y las coreografías, y ese crop top rojo como la sangre, y esa coleta alta tirante, y esa manicura que es pura fantasía kitsch. Todo en ella es excesivo, sobre todo el talento. 

 

No fue la última, claro. Rosalía volvió al escenario para pedir una ovación a sus bailarinas, a sus músicos, a sus palmeros, a sus coristas. A ese equipo que convierte sus directos en puro espectáculo, en derroche, en almíbar sensorial. No hay nada que desentone. Y mucho menos el bis con el “Malamente” sonando más alto que nunca.

Y sí, se ha puesto la noche rara, porque pocas veces se asiste a un espectáculo como este. Rosalía no ha llegado al ecuador de la veintena y ya se ha pasado internet, la industria de la música y las etiquetas. Si quieren ustedes ponerle una, adelante. Yo no he encontrado entre las docenas que se me ocurren una sola que le haga justicia.

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